Transformados por su gloria
2 Corintios 3:16–18 (NBLA)
16Pero cuando alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado. 17Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad. 18Pero todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu.
La gloria del Señor transforma. En el antiguo pacto, Moisés accedía a la presencia de Dios y, después de haber estado ante su gloria, su rostro resplandecía, a tal punto que tenía que usar un velo porque la gente sentía temor por ese brillo inusual en su rostro. (Éxodo 34:29-35) El brillo del rostro de Moisés iba disminuyendo según pasaba el tiempo. No obstante, en la presencia de Dios se quitaba el velo, quedando expuesto nuevamente a la gloria de Dios, y su rostro se volvía resplandeciente otra vez.
El apóstol Pablo dice que cuando alguien se vuelve al Señor, esto es cuando nos convertimos, le es quitado el velo, es así que quedamos expuestos a la gloria de Dios y experimentamos una transformación de gloria en gloria producida por el Espíritu del Señor.
Cuando el Señor quita aquello que nos impedía contemplar la gloria del Señor, estar expuestos a su presencia hace posible el proceso de santificación, por el accionar del Espíritu Santo en nuestra vida, la gloria no se desvanece sino crece, a tal punto que vamos siendo transformados en la misma imagen de la gloria de Dios.
Necesitamos exponernos a la gloria de Dios, estar en su presencia. La presencia de Dios está en nosotros, pero nosotros no siempre estamos contemplándola. Pasar tiempo a solas con Dios. Se trata de escucharle; orar; meditar en su palabra; adorarle; interceder por otros. Es dejar que el Espíritu nos examine; corrija; inspire; aliente. Es permitir que su presencia nos ilumine; revele y nos dé discernimiento de lo que pasa y lo que pasará.
Su gloria es transformadora, nadie queda igual después de estar expuesto a su presencia. Expongámonos a la gloria del Señor, abramos nuestro corazón ante Él cada día. El cambio será entonces inevitable.