Andar a la luz de su gloria
Éxodo 40:34–38 (NBLA)
34Entonces la nube cubrió la tienda de reunión y la gloria del Señor llenó el tabernáculo.
35Moisés no podía entrar en la tienda de reunión porque la nube estaba sobre ella y la gloria del Señor llenaba el tabernáculo.
36Y en todas sus jornadas cuando la nube se alzaba de sobre el tabernáculo, los israelitas se ponían en marcha.
37Pero si la nube no se alzaba, ellos no se ponían en marcha hasta el día en que se alzaba.
38Porque en todas sus jornadas la nube del Señor estaba de día sobre el tabernáculo, y de noche había fuego allí a la vista de toda la casa de Israel.
Los eruditos judíos usaban el término "shekiná" (habitación, morada) para referirse a la presencia de Dios, a su gloria. La shekiná se hacía visible de día como una nube de humo y de noche como una columna de fuego que indicaba la presencia del Señor sobre un lugar.
El pueblo podía saber que Dios estaba con ellos cuando veían la nube sobre la tienda de reunión, que Dios mandó a construir como su morada durante la travesía en el desierto. La nube no era el Señor, sino que le cubría, para que la gente supiera que Dios estaba con ellos sin morir por verle cara a cara.
El pueblo de Dios sabía que era la presencia de Dios la que les brindaba protección, guía y sustento. Por esta razón, solo se movían de un lugar cuando la nube se levantaba. La gloria de Dios iba delante de ellos y cubría también su retaguardia.
Por la obra de Cristo en la cruz y su resurrección, nosotros ahora nos hemos convertido en "morada de Dios"; templo del Espíritu Santo; lo somos como individuos y como iglesia. Somos morada de Dios. De la misma manera que el pueblo y el tabernáculo se movían tras la presencia de Dios, nosotros debemos movernos hacia donde su gloria se está moviendo.
Solamente siendo guiados por la presencia de Dios podremos experimentar su protección, su sustento y su fortaleza. A veces nos movemos por emociones; necesidades; dinero; trabajo; problemas; y otras cosas que no tienen nada que ver con la gloria de Dios. En ocasiones nos encontramos como perdidos en un desierto, por haber perdido de vista la nube y el fuego de su presencia.
Cada día la presencia de Dios está con nosotros, pero la pregunta que debemos responder es: ¿Estamos moviéndonos hacia ella? ¿Es su presencia nuestra guía cada día? ¿Estamos atentos a las indicaciones de la presencia de Dios? Abramos nuestros ojos para ver lo que Dios hace. Dejemos que el Espíritu Santo llene nuestra vida y la guíe cada día hacia su perfecto plan.