DÍA 37

Escrito el 11/04/2024
Dayan Barboza


 

Ora y lee: 

Hechos de los Apóstoles 8:1–25 (NVI)

1 Y Saulo estaba allí, aprobando la muerte de Esteban. Aquel día se desató una gran persecución contra la iglesia en Jerusalén, y todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria. 2 Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban e hicieron gran duelo por él. 3 Saulo, por su parte, causaba estragos en la iglesia: entrando de casa en casa, arrastraba a hombres y mujeres y los metía en la cárcel. 4 Los que se habían dispersado predicaban la palabra por dondequiera que iban. 5 Felipe bajó a una ciudad de Samaria y les anunciaba al Mesías. 6 Al oír a Felipe y ver las señales milagrosas que realizaba, mucha gente se reunía y todos prestaban atención a su mensaje. 7 De muchos endemoniados los espíritus malignos salían dando alaridos, y un gran número de paralíticos y cojos quedaban sanos. 8 Y aquella ciudad se llenó de alegría. 9 Ya desde antes había en esa ciudad un hombre llamado Simón que, jactándose de ser un gran personaje, practicaba la hechicería y asombraba a la gente de Samaria. 10 Todos, desde el más pequeño hasta el más grande, le prestaban atención y exclamaban: «¡Este hombre es al que llaman el Gran Poder de Dios!» 11 Lo seguían porque por mucho tiempo los había tenido deslumbrados con sus artes mágicas. 12 Pero cuando creyeron a Felipe, que les anunciaba las buenas nuevas del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, tanto hombres como mujeres se bautizaron. 13 Simón mismo creyó y, después de bautizarse, seguía a Felipe por todas partes, asombrado de los grandes milagros y señales que veía. 14 Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén se enteraron de que los samaritanos habían aceptado la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. 15 Éstos, al llegar, oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo, 16 porque el Espíritu aún no había descendido sobre ninguno de ellos; solamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. 17 Entonces Pedro y Juan les impusieron las manos, y ellos recibieron el Espíritu Santo. 18 Al ver Simón que mediante la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero 19 y les pidió: —Denme también a mí ese poder, para que todos a quienes yo les imponga las manos reciban el Espíritu Santo. 20 —¡Que tu dinero perezca contigo—le contestó Pedro—, porque intentaste comprar el don de Dios con dinero! 21 No tienes arte ni parte en este asunto, porque no eres íntegro delante de Dios. 22 Por eso, arrepiéntete de tu maldad y ruega al Señor. Tal vez te perdone el haber tenido esa mala intención. 23 Veo que vas camino a la amargura y a la esclavitud del pecado. 24 —Rueguen al Señor por mí—respondió Simón—, para que no me suceda nada de lo que han dicho. 25 Después de testificar y proclamar la palabra del Señor, Pedro y Juan se pusieron en camino de vuelta a Jerusalén, y de paso predicaron el evangelio en muchas poblaciones de los samaritanos.

 

 

Reflexiona:

Uno no puede dejar de preguntarse: ¿Por qué vino la persecución sobre una iglesia tan poderosa y que iba tan bien? La respuesta no puede ser dogmática, pero es evidente que la dispersión lejos de apagar el fuego, lo dispersó por todo el imperio romano y el mundo conocido. Es como si los creyentes de Jerusalén hubiesen necesitado ese “empujoncito” para cumplir el mandato de ir por todas partes con el mensaje del evangelio. Dice el texto que “Los que se habían dispersado predicaban la palabra por dondequiera que iban.” (v.4)

 

Felipe llegó a Samaria, y allí la manifestación del Reino de Dio fue evidente a toda la ciudad. Demonios saliendo de las personas dando gritos, enfermos sanados, y mucha alegría. La gente estaba atenta a todo lo que Felipe predicaba. Incluso el brujo mayor del pueblo acepto el mensaje, aunque sin comprenderlo muy bien.  

 

La gente comenzó a ser llena del Espíritu Santo por la imposición de manos de los apóstoles. Simón, conocido como “el mago”, intentó comprar ese poder que veía en los apóstoles, se equivocó y fue duramente reprendido e invitado al arrepentimiento. El motivo lo dejan claro los apóstoles: seguía en su corazón con un pensamiento “mágico”. Las palabras “hiel y amargura” son una clara referencia a Deuteronomio 29:18 donde se exhorta al pueblo de Israel a no permitir las artes mágicas (brujería) en el pueblo de Dios. 

 

Las cosas de Dios no se pueden comprar o vender, el favor de Dios es una cuestión de gracia, y de fe. El Espíritu Santo es un regalo de Dios, su misma presencia, no un conjuro mágico que se puede comprar. 

 

La alegría puede llegar a toda una ciudad cuando hombres y mujeres anuncian el evangelio en el poder del Espíritu Santo. El mandato de Jesús de ir por todas partes a llevar el mensaje sigue vigente para nuestra generación. ¿Estaremos dispuestos a ir por todas partes o necesitaremos un empujoncito?

 

 

Acciona:

Aparta un tiempo para interceder por las fuentes de trabajo y la economía de las familias de tu ciudad.

 

 

Declara:

Por donde vaya anunciaré el mensaje del evangelio, no tengo una misión mas importante en mi vida.