DÍA 40

Escrito el 11/04/2024
Dayan Barboza


 

Ora y lee: 

Hechos de los Apóstoles 2:1–42 (NVI)

1 Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. 2 De repente, vino del cielo un ruido como el de una violenta ráfaga de viento y llenó toda la casa donde estaban reunidos. 3 Se les aparecieron entonces unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. 4 Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. 5 Estaban de visita en Jerusalén judíos piadosos, procedentes de todas las naciones de la tierra. 6 Al oír aquel bullicio, se agolparon y quedaron todos pasmados porque cada uno los escuchaba hablar en su propio idioma. 7 Desconcertados y maravillados, decían: «¿No son galileos todos estos que están hablando? 8 ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye hablar en su lengua materna? 9 Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y de Asia, 10 de Frigia y de Panfilia, de Egipto y de las regiones de Libia cercanas a Cirene; visitantes llegados de Roma; 11 judíos y prosélitos; cretenses y árabes: ¡todos por igual los oímos proclamar en nuestra propia lengua las maravillas de Dios!» 12 Desconcertados y perplejos, se preguntaban: «¿Qué quiere decir esto?» 13 Otros se burlaban y decían: «Lo que pasa es que están borrachos.» 14 Entonces Pedro, con los once, se puso de pie y dijo a voz en cuello: «Compatriotas judíos y todos ustedes que están en Jerusalén, déjenme explicarles lo que sucede; presten atención a lo que les voy a decir. 15 Éstos no están borrachos, como suponen ustedes. ¡Apenas son las nueve de la mañana! 16 En realidad lo que pasa es lo que anunció el profeta Joel: 17 »“Sucederá que en los últimos días—dice Dios—, derramaré mi Espíritu sobre todo el género humano. Los hijos y las hijas de ustedes profetizarán, tendrán visiones los jóvenes y sueños los ancianos. 18 En esos días derramaré mi Espíritu aun sobre mis siervos y mis siervas, y profetizarán. 19 Arriba en el cielo y abajo en la tierra mostraré prodigios: sangre, fuego y nubes de humo. 20 El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre antes que llegue el día del Señor, día grande y esplendoroso. 21 Y todo el que invoque el nombre del Señor será salvo.” 22 »Pueblo de Israel, escuchen esto: Jesús de Nazaret fue un hombre acreditado por Dios ante ustedes con milagros, señales y prodigios, los cuales realizó Dios entre ustedes por medio de él, como bien lo saben. 23 Éste fue entregado según el determinado propósito y el previo conocimiento de Dios; y por medio de gente malvada, ustedes lo mataron, clavándolo en la cruz. 24 Sin embargo, Dios lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte, porque era imposible que la muerte lo mantuviera bajo su dominio. 25 En efecto, David dijo de él: »“Veía yo al Señor siempre delante de mí, porque él está a mi derecha para que no caiga. 26 Por eso mi corazón se alegra, y canta con gozo mi lengua; mi cuerpo también vivirá en esperanza. 27 No dejarás que mi vida termine en el sepulcro; no permitirás que tu santo sufra corrupción. 28 Me has dado a conocer los caminos de la vida; me llenarás de alegría en tu presencia.” 29 »Hermanos, permítanme hablarles con franqueza acerca del patriarca David, que murió y fue sepultado, y cuyo sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. 30 Era profeta y sabía que Dios le había prometido bajo juramento poner en el trono a uno de sus descendientes. 31 Fue así como previó lo que iba a suceder. Refiriéndose a la resurrección del Mesías, afirmó que Dios no dejaría que su vida terminara en el sepulcro, ni que su fin fuera la corrupción. 32 A este Jesús, Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos. 33 Exaltado por el poder de Dios, y habiendo recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, ha derramado esto que ustedes ahora ven y oyen. 34 David no subió al cielo, y sin embargo declaró: »“Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, 35 hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.” 36 »Por tanto, sépalo bien todo Israel que a este Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías.» 37 Cuando oyeron esto, todos se sintieron profundamente conmovidos y les dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: —Hermanos, ¿qué debemos hacer? 38 —Arrepiéntase y bautícese cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados—les contestó Pedro—, y recibirán el don del Espíritu Santo. 39 En efecto, la promesa es para ustedes, para sus hijos y para todos los extranjeros, es decir, para todos aquellos a quienes el Señor nuestro Dios quiera llamar. 40 Y con muchas otras razones les exhortaba insistentemente: —¡Sálvense de esta generación perversa! 41 Así, pues, los que recibieron su mensaje fueron bautizados, y aquel día se unieron a la iglesia unas tres mil personas. 42 Se mantenían firmes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan y en la oración.

 

 

Reflexiona: 

Algo cambiaría para siempre la vida de la iglesia el día de pentecostés, de hecho, no sería posible una iglesia verdadera sin la llegada del Espíritu Santo. Era el comienzo de una era gloriosa. Eran las primicias de una fiesta que durará toda la eternidad para el pueblo de Dios. No en vano la fecha era la de la fiesta de las cosechas, estamos ante las primicias de la gran cosecha espiritual que Dios realizaría en el mundo.

 

El Espíritu Santo desciende sobre los creyentes, para infundirles poder, un poder que les llenará de valentía para realizar la tarea que Jesús les había encomendado. El Espíritu Santo les capacitará con dones, para edificar la iglesia poderosa que Cristo volverá a buscar. El Espíritu Santo les guiará; les capacitará; verán milagros; señales; prodigios; y lo que haga falta para que puedan ser vencedores en la tarea.

 

No podemos ser cristianos sin el Espíritu Santo, pues sin su presencia en nosotros, nuestro cristianismo seria como una careta tras la que esconderíamos nuestra frustración. La evidencia de Su presencia en nosotros, son los frutos que deja nuestra vida. Una vida llena del Espíritu de Dios se nota en la huella que marcamos en el presente, y que sin duda afectará a la generación que nos seguirá.

 

Necesitamos vivir en la plenitud del Espíritu. Hoy recordamos un año más el pentecostés, es una buena ocasión, no para recibir más del Espíritu, sino para permitir que el Espíritu Santo tenga más de nosotros. De eso se trata, de que Él lo tenga todo de nuestra vida. De esa manera podremos ser una iglesia que da fruto, que cumple la tarea encomendada por nuestro Señor que dijo: “recibiréis Poder,  cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo  y me seréis testigos”. Por eso no desoigamos el consejo apostólico: “Sed llenos del Espíritu Santo”. ¿Estás lleno del Espíritu Santo?

 

 

Acciona:

Acude temprano a reunión de la iglesia, si es posible hazlo con tu familia, y dedica un tiempo a orar pidiendo que la presencia de Dios se manifieste y nos hable como pueblo.  

 

 

Declara:

Viviré un nuevo pentecostés en mi vida y en mi generación.